Tu familiar tiene dificultad para tragar después de un daño neurológico.
Comer dejó de ser un acto automático. Ahora es un riesgo.
La disfagia, dificultad para tragar, es una de las complicaciones más frecuentes y más peligrosas del daño neurológico adquirido. Entre el 25% y el 80% de los pacientes con ACV la presentan en algún grado. También aparece en el Parkinson avanzado, la ELA, el Alzheimer y otras demencias, y en casos de daño cerebral traumático.
Tragar es un proceso que involucra más de 30 músculos coordinados en una secuencia precisa de menos de un segundo. Cuando el sistema nervioso sufre un daño, esa coordinación puede verse interrumpida. El resultado puede ser desde una lentitud en el proceso hasta una incapacidad de mover el bolo alimenticio de forma segura desde la boca hasta el esófago.
El peligro real de la disfagia no atendida es la aspiración, cuando alimento, líquido o saliva entra a las vías respiratorias en vez de al esófago. En muchos casos esto ocurre de forma silente, sin tos ni señales visibles. La aspiración silente es una causa frecuente y prevenible de neumonía aspirativa, una complicación grave que puede ser fatal.
La evaluación fonoaudiológica de la deglución determina qué texturas son seguras, qué consistencias de líquidos son toleradas, qué posiciones corporales reducen el riesgo, y qué estrategias compensatorias puede aprender el paciente y su familia. El plan de rehabilitación trabaja la musculatura de la deglución con ejercicios específicos y adapta la alimentación de forma progresiva a medida que la función mejora.
La participación activa de la familia es crítica en este proceso. Quienes cuidan al paciente necesitan saber exactamente qué alimentos dar, cómo presentarlos, en qué posición sentar al familiar, y cuáles son las señales de alerta que requieren atención inmediata.
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